miércoles, 9 de enero de 2019

UN PADRE TENÍA DOS HIJOS....

 
 
 ¡ FELIZ AÑO 2019 !
 
 
A mis lectores del año 2019 les deseo que la bendición del Padre bueno, fiel y misericordioso inunde sus vidas y las de todos aquellos que aman. Descalcemos los pies del alma y aceptemos las sandalias nuevas que nos ofrece el Padre del hijo pródigo para caminar estos 365 días.
 
Os regalo para el año nuevo un texto de un amigo  entrañable de la Mérida de mi primer amor, donde viví los años  más felices de mi vida.
¡Gracias Mérida por hacerme tan feliz!
 
Juan Carlos González lo escribió en Mérida para sus alumnos de Bachillerato; yo lo transcribo para vosotros como tiara real en la palma de nuestro de Dios.
 
¡Ojalá él nos haga este año un manantial cuya vena nunca engañe!
¡Día a día y siempre, serenos y contentos, bajo el manto de la Madre como estos dos angelotes!
 
 
 
 

Un Padre tenía  dos hijos...
 
(Lc. 15,11-32)
 

            Los dos periodistas rodeaban el butacón de mimbre, en el que su cuerpo parecía perderse. La manta de vicuña sobre las rodillas, las manos blancas, cuidadas, las arrugas, incontables, en la frente.
            El ruido de las cámaras que rodaban continuamente, ya se montaría la secuencia en el estudio, competía con los abejorros que volaban en el pequeño jardín, burgués, cuidado, al que daba la galería.
Lo había leído todo, lo había ganado todo, lo había escrito todo. Sabio, Maestro, Prócer, lo llamaban. Y ahora, en la que seguro era su última entrevista, le hacían esa pregunta:
¿Qué era lo más profundo, lo más hermoso, lo más importante, lo más trascendente que había leído nunca?.
            Sus ojos se habían vuelto más grises, si eso era posible, mirando hacia atrás, buscando en la inmensa montaña de palabras, letras, sílabas....todas.
            Tardó en contestar... 
                    Hasta los periodistas  notaron el chispazo de vida que saltó en sus ojos.
Hasta el perro a sus pies, lo notó. 
El jardín lo notó cuando viento, rosas y abejorros enterraron sus murmullos.
            Lo había leído hacía tanto tiempo, se había escrito hacía tanto tiempo, lo había olvidado hacía tanto tiempo...

            Su voz nació clara, profunda, arrancada de un pasado de soles y domingos por la tarde: " Un hombre tenía dos hijos...."

 

 

 
(Lc. 15,11-32) Parábola del Hijo Pródigo
 
 
Juan Carlos González Méndez
Prof. de Instituto en Mérida


 

 

PRÓDIGO DE LA PALABRA






Grabado del Hijo pródigo de la Biblia de J. B. VERDUSSEN
(Amberes 1715)


 

LA CASA DE LA PALABRA

 

Este texto corregido y actualizado fue publicado como Introducción en mi libro: Abdón Moreno, Pródigo de la palabra, Ed. Indugrafic,
Badajoz 2008, pp. 13-18.

 

Ayuno de Palabra, el hombre bracea por las esquinas de la historia al ritmo que le marcan las voces de su existencia. Como pródigo eterno vuelve una y mil veces a la casa de la Palabra para desentrañar su sentido y para entenderse a sí mismo, para convertir la voz de la vida en Palabra.

Algo así me ha pasado a mí; por ello con asaz gratitud debía levantar acta de un largo camino de veinticinco años (1984-2008) al servicio de su casa. Servir en esa casa, la de la Palabra, es con mucho lo mejor que me ha pasado en mi vida. Aunque, con frecuencia, ese servicio azurumbado se haya reducido a la misión del aya que espabila la badila para atizar el brasero de la casa.

La casa, en este caso, estuvo en Badajoz, en Roma, En Friburgo, en Jerusalén y en Santiago de Compostela, con cientos de alumnos que compartieron conmigo la fascinante tarea de buscar el rostro de la Palabra. A  lo que debo  añadir la grata experiencia de impartir lecciones en la Formación permanente del clero de varias Diócesis españolas e italianas. Vaya desde aquí un agradecimiento más que cordial a mis alumnos, a los que son y a los que fueron, porque con ellos y por ellos crecieron estás páginas y, sin duda alguna, crecí yo también por causa de ellos.

Un recuerdo agradecido, también, para la Casa Internacional del Clero en Roma -donde  tanto aprendí de los grandes hombres de la Iglesia-, y para el Centro de investigadores de La Iglesia Española de Santiago y Montserrat, mis dos casas en Roma, donde cuajaron muchas de estás páginas.

Bajorelieve del retablo  plateresco de Talavera la  Real (s, XVI)
 
 

 
1. Encuentro personal con la Palabra                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

La amistad con la Palabra va creciendo a base de encuentros interpersonales, cara a cara, donde lector y texto se miran a los ojos con nobleza y transparencia.

Como pródigos eternos volvemos una y otra vez a la casa del Padre, a la casa de la Palabra para escuchar los cinco verbos que mejor describen el corazón del Padre: lo vio, se conmovió, echó a correr, le echó los brazos al cuello y se lo comía a besos (Lc 15, 20)[1]. Aquí se encierra el gran misterio del encuentro del hombre con la Palabra eterna, cuando abre su corazón para acoger los besos de la Palabra, cuando su libertad le deja vivir la experiencia de su abrazo. ¡Es el estilo y las maneras de Dios para quién vuelve a su casa! El mejor vestido, el anillo, las sandalias en los pies, el novillo cebado y una gran fiesta: ése es el ajuar del encuentro[2].

A estas alturas, así me siento yo, como un pródigo abrazado por la Palabra que escucha música de fiesta en la casa del Padre y contempla el ternero sobre la mesa de la vida. De ahí el título y el icono del Hijo Pródigo sobre la portada de este libro: es historia y augurio, es promesa y método para mi existencia histórica: ¡Volver, volver sin cesar a la casa del Padre, allí está el hogar de la Palabra! Ahí está la libertad suprema. Se da pacíficamente por convenido que quien tiene casa tiene libertad, al menos según la ley romana. Eso nos explica que el hijo es verdaderamente libre en su casa, en la casa de su Padre.

La Palabra tiene en lo humano su manida y no dejará de tenerla nunca. Por ello, me sé de corazón y de alma cuán pedregoso es el camino que nos lleva al manadero de la casa de la Palabra, camino siempre cercenado por mis ayeres, y en los que cada texto ronea posando sus labios sobre mi frente de invierno, cuando no nos da la espalda de manera sucesiva.

Cuando el texto sana y cura, ilumina y transfigura la fragilidad de lo humano, es la hora de la belleza y del señorío del Verbo que me aclara a mí mismo y me hace entenderme. Me desentraña. Porque he sido creado en el Verbo y soy recreado por él, en esa Palabra me entiendo y me desvelo en lo más profundo de mi mismo, de mis entrañas, de mi debilidad y mi fuerza, del miedo y la esperanza. Y es que cada manantial se embellece con sus legamos. Cuando un hombre se desmadra es cuando pierde la casa paterna, cuando renuncia a sus propias raíces, y esa renuncia le desarraiga, le despadra -si se me permite el neologismo-, le queda en orfandad perpetua, sin padre y sin madre. Es la hora de la esclavitud  permanente, justo porque  un hombre sin casa no puede ser un hombre libre. Cada uno a su guisa. Como diría Lope de Vega: ¿Qué importa nacer laurel y ser humilde caña?[3]

Hemos dicho belleza y señorío del Verbo, con ello quiero pedir cita al ideal griego de lo bello indisolublemente maridado con lo bueno, que se convirtió en el principio clásico: nulla aesthetica sine ethica. En nuestros días, Wittgenstein proclamó la misma idea en el aforismo 6421 de su famoso Tractatus: “Ethik and Ästetik sind Eins” (Ética y Estética son una sola cosa). La belleza del texto nos hace mejores, nos hace buenos; y la bondad de sus páginas nos transfigura, nos hace más bellos. Es una ley irrenunciable. De ahí, el fascinante poder transfigurador de la Palabra, cuando se produce la amistad entre el texto y el lector, cuando la Palabra invita a responder y el lector lo hace con la oración de su vida. No es baladí recordar aquí al Concilio Vaticano II cuando recomienda que “Cada cristiano debe adquirir una familiaridad orante con la Sagrada Escritura[4].

Recuerdo con gozo una tertulia, en Roma en el Biblicum, con el Card. Martini, el 23 de mayo de 2002, que resume mejor lo dicho hasta ahora. Explicó tres pasos fundamentales de su relación con la Sagrada Escritura:

a) Esta página habla de mí, es un espejo donde me entiendo a mí mismo. Así pues, reconozco algo de mí en David y Jeremías, en Job o Qohelet, en Pedro o en Pablo, en el Joven rico o en la Samaritana;

b) esta página me habla a mí, me interpela, me llama, me grita, me consuela, me conforta, me sana y me salva;

c) está página me invita a responder: responder con diálogo que es oración, porque Aquél que me habla es Alguien a quien yo puedo tratar familiarmente[5].

 
 

2.- Universalidad de la Palabra

Con ojo avizor yo quiero cantar hasta morir romero. Y es que soñaría con León Felipe que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros:

Sensibles a todo viento / y bajo todos los cielos; / poetas, nunca cantemos / la vida de un mismo pueblo / ni la flor de un solo huerto. / Que sean todos los pueblos / y todos los huertos nuestros.

La voz del poeta insiste en la universalidad acendrada de los pueblos y los textos y en la misión del poeta de prestarle la voz. Qué bien nos viene a los lectores de la Biblia recordar que cada vez que hacemos un canon en el canon, y cantamos la flor de un solo texto, reducimos a paisaje otoñal la primavera del huerto. ¡Cuántos pueblos y cuantos textos han dejado su huella en la Sacra Pagina! Atender a su alegre sinfonía, y prestarle voz a todos ellos, no sería sino entrar en la perspectiva justa de su comprensión y su universalidad. Admirar esa inmensa corriente magmática que procede del misterio del Canon, de su inmensa belleza y complejidad, que pasa de los reyes, profetas y los sabios de Israel hasta el NT, y respetar y acoger in corde eclesiae su misterioso dinamismo de literatura sagrada, deberían concitarse en el lavorío del lector de la Biblia.

He dicho universalidad; y lo digo en dos direcciones complementarias. La una, dimana de la propia complejidad interna del texto bíblico que tiene mil años de historia. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, cuánto pueblo y cuánta lengua, cuánta guerra y cuanta bonanza, cuánto miedo y cuánta esperanza. La otra, proviene de la diversidad cultural de los lectores con su propio universo ideogramático y simbólico, con su propio ideolecto estético[6]. Mis años de profesor de Biblia en Roma, tuvieron que vérselas con alumnos de más de sesenta nacionalidades, cada uno de su padre y de su madre, -expresión coloquial que refleja las raíces culturales de una persona-, y algo sé de la enorme dificultad que supone hacer inteligible dos universos culturales diversos. ¡Ya me dirán qué tiene que ver un coreano con un extremeño, o un japonés con un alemán!


3.- El alfar de la exégesis 
 
 
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        Hoy es lugar común sostener que el lenguaje condiciona las ideas, que el pensamiento de cualquier cultura sólo puede darse en forma de palabras, dentro de la gramática de una lengua determinada. Cuánto sudor se llevan las gramáticas de las lenguas orientales para vislumbrar sus culturas. Viene ahora a mi memoria la conocida afirmación de Nietzsche: “Oh, la gramática, esa vieja zorra engañadora. Pienso que mientras exista la gramática seguirá habiendo Dioses”.

        La ley de la encarnación del Verbo somete a la Palabra a una debilidad y a una kénosis que le es, particularmente, propia, al someterse ella misma a la fragilidad del lenguaje y a la pluralidad de culturas, tradiciones y traducciones. ¡Qué débil y qué humana se hace la Palabra al pasar por tantas manos, qué kénosis más honda, como si su destino fuera pasar de mano en mano!

Los textos son musa, duende y alfar para el biblista. Van pasando –como diría D´Ors− de la anécdota a la categoría a través del ángel. ¡Cuánto de alfar tienen las largas horas de la exégesis hasta que llega el ángel! Pero el duende entrañable que lleva dentro el texto, recompensa con creces la aventura apasionante de amasar sus versos con  la  saliva de las entrañas; qué es sino la ingente tarea de desentrañar un texto desde el pulpito o la cátedra, cuando no desde la oración privada o la lectio divina. El abrazo tierno con que paga la verdad de la Palabra alfarera a los que buscan desinteresadamente sus ojos, hace gritar al lector: ¡Qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas![7]

Es justo, a la postre, que deje constancia de mi alfarería al cumplir las bodas de plata como profesor de Sagrada Escritura. Le dejo al lector la reseña del barro que he amasado estos años con el vaho de mi aliento. Sino he hecho más y mejor es porque no doy más de sí. Unos cuantos libros, unos ochenta ensayos/papers en revistas especializadas, y un centenar de recensiones en las mismas, que dan cuenta de mis lecturas y de la alfarería de estos años al servicio de la Palabra de Dios.

Cuando bien conmigo pienso, la Palabra viene a ser la urdimbre recia sobre la que tejen mis hilanderas. Que me deje el lector hacer una trenza con los estudios de mis colegas para aprender antes, tejer después y juzgarlos muy luego. Allá van mis recensiones. Os entrego algo de lo que, a mi vez, de tantos recibí. Las ordeno en cuatro bloques temáticos: Biblia, Teología, Patrología, Estética y Retórica. Queden aquí como un gesto de agradecimiento a lo mucho que aprendí de mis colegas en diálogos entrañables y con las lecturas ilustradas de sus trabajos. Lorca lo dijo mejor: Compañero del alma, compañero… tenemos que hablar de muchas cosas, y seguiremos haciéndolo.
 

4.- El misterio de la vida del texto

Antes que nada, la vida del texto es un misterio que se nos escapa de las manos, que nos sobrepasa con creces. Para unos espuela, para otros medicina; para éstos sosiego, para aquellos desconcierto; para unos luz, para otros cruz; para aquellos transfiguración, para éstos purificación. Se trata, simplemente, de la infinita poliedricidad del corazón y las entrañas del texto habitado por el Espíritu que hemos de desentrañar.
 
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Como un ciego que tiene un pájaro entre sus manos… siente sus latidos, le oye respirar, comprueba como se estiran sus músculos porque quiere salir en libertad; sufre incluso algún picotazo, acaricia el terciopelo de su plumaje, pero a la sazón no disfruta de sus colores, no puede captar la totalidad de la belleza de su pájaro... se le escapa de las manos. No obstante este ciego quiere ver… ¡a través del tacto, del oído, del olor, aunque se le escape el color! Es otra forma de mirar y de ver. Mira con los oídos, ve con el tacto, y le duele hasta el aliento por escuchar los ojos de su pájaro. ¡Qué dislate que un ciego insista en ver los ojos de su pájaro!

Algo así le sucede al lector que recibe y percibe la vida del texto, su calor y movimiento, su palpitar, sus músculos, su propia grasa…, y a la sazón no atisba a verlo del todo, y ha de mantenerse con esfuerzo en el alfar con los ojos de la fe, mientras reza con esperanza con el ciego del evangelio: ¡Señor, que vea! (¡Domine, ut videam! Lc 18, 41). A la postre: siempre pródigo de la casa de la Palabra.

El lector modela y adapta el texto sagrado a la vida, por eso le da cuerda, y lo aviva como una llama que le ha sido confiada y regalada, bien consciente de que el misterio del texto nos sobrepasa siempre, porque nos sobreabunda el Espíritu que lo habita. Esa es la  sobreabundancia de "la Palabra de su  gracia"; puesto que en el régimen de la Nueva Alianza el único Logos cristiano es el evangelio de Jesucristo que, a la sazón, siempre y en todo lugar ejerce su primado y primacía como gracia. Es justo por ello que "el evangelio de la gracia de Dios" sea considerado en el retiro de Mileto[8] también como "La Palabra de su gracia". No es saldo escaso. ¡El texto es la casa del Espíritu Santo! Sin duda una casa agraciada, graciosa y gratificante para su lector amigo.
 

Termino haciéndole una confidencia al lector iniciado. Doy la última redacción a este ensayo, en Roma, con toda la carga de inmensidad y universalidad que esta ciudad transfiere a quien la observa con honestidad. Después de asomarme con modestia a la teoría literaria y a la Estética de la recepción y a la complejidad entrañable de ambas hago mías las palabras de Eugenio d´Ors: “En Roma (…) tu maestro será todo el arte del mundo, todo el arte con prestigio de eternidad. (…) La primera impresión ante tanta grandeza es que nuestro pobre esfuerzo nada podrá añadir. Todo está dicho»[9]. Esta gran verdad la vuelvo por el reverso con S. Agustín:

“Es más seguro el deseo de conocer la verdad que la necia presunción del que toma lo desconocido como cosa sabida. Busquemos como si hubiésemos encontrado y encontremos con el afán de seguir buscando. Pues, cuando el hombre cree acabar, entonces es cuando empieza”[10].

 

 

 

Dr. Abdón Moreno García
Investigador I + D
Centro de Investigadores de la Iglesia de España en Roma 

29 de Junio de 2008,
Fiesta de S. Pedro y S. Pablo,
comienzo del Año Paulino.

Revisado y ampliado el 1 de Enero de 2019,
fiesta de la  Madre de Dios




               [1] Los cinco verbos del texto original griego son: eíden autón… esplagxníszê… dramôn… epépesen epí tón trájêlon… katefílêsen autón.
 
               [2]  Lc 15, 22-24: “Pero el Padre dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta”.
 
               [3]  Lope de Vega, “Epístola a Amarilis”, en La Filomena, J. M. Blecua (Ed.), Obras poéticas, T. I, (Barcelona 1969) p. 811.
 
               [4]  Cap. VI de la Dei Verbum.
 
               [5]   Cfr. El texto completo de la tertulia con el Card. Martini en la Web del Pontificio Instituto Bíblico, bajo el epígrafe “Ex - alunni”.
 
               [6] Umberto ECO, Segno, Milano 1973, p. 148: "Idioleto estetico designa ña regola che  governa tutte le deviazioni del testo, il diagrana che le rende tutte mutuamente funzionali... l´ideoletto estetico può funzionare come giudizio metasemiotico che provoca mutamento di codice".
 
               [7]  Alusión al pasaje de la Transfiguración, concretamente a Lc 9, 33.
         
            [8]   Act 20, v. 24 y v.32. Si el lector quiere  ahondar en la teología de la palabra como gracia, puede ver nuestro estudio: Abdón MORENO, Pavlvs pastor. El Ministerio del espíritu, Ed Edicep, Valencia 2008, pp. 35-74.

  [9]   E. D’ORS, Epos de los destinos, Editora Nacional, Madrid, 1943, 53. Cfr. P. IACOBONE, “Il dialogo fra la chiesa e gli artisti nel Magistero più recente, da Paolo VI a Benedetto XVI”, Culture e fede 17 (2009) 90-99.
 
  [10]  S. AGUSTÍN, De Trinitate, libro IX, cap. 1.


 

 

sábado, 1 de diciembre de 2018

LA CRISIS EN MARIA ZAMBRANO


 


4.  Lectura estética de la crisis:


Maria Zambrano

 

A primera vista, podría parecer este apartado una digresión innecesaria del estudio de la 2Corintios, a mí en verdad no me lo parece, por ello invito al lector a que termine su lectura para que él mismo la someta a juicio. El estudio estético de la Biblia gana y concita hoy a muchos lectores. Cuando el texto sana y cura, ilumina y transfigura la fragilidad de lo humano, es la hora de la belleza y la señoría del Verbo que nos aclara y nos hace entendernos. En la Palabra me entiendo y me desvelo en lo más profundo de mí mismo, en la debilidad y en la fuerza, en el miedo y la esperanza. Hemos dicho belleza del Verbo, con ello quiero pedir cita al ideal griego de lo bello indisolublemente maridado con lo bueno, que se convirtió en el principio clásico: nulla aesthetica sine ethica. La belleza del texto nos hace buenos, nos hace mejores; y la bondad de sus páginas nos transfigura, nos hace más bellos. Es una ley irrenunciable. De ahí, el poder fascinante y transfigurador de la Palabra cuando se produce la amistad entre el texto y el lector, y se funden sus respectivos horizontes. Somos poco más que pródigos de la Palabra[1].

Tratamos de ahondar en la realidad de un hombre cristiano que tiene que vérselas con una existencia que vive entre dos tirones, el de la carne y el del Espíritu[2], y además, tiene que hacerlo en diálogo con el espacio y el tiempo, sin huir nunca de su propia realidad, sin inventarse fantasmas que le alejen de su mismidad más profunda[3]. La certeza maravillosa de saberse habitado por Dios, pneumado e iluminado[4] con la energía del Espíritu del Resucitado (Rom 8,9-11), de saberse campamento donde la fuerza de Cristo pone su tienda (2Co 12,9), no le evade, ni le aleja de los interrogantes que le plantea el contexto socio – histórico del mundo que le toca vivir.

Desde esta conciencia gozosa de su mismidad, el cristiano tiene que afrontar la sabiduría de la cruz (1Cor 1,18) y desvelar su rostro de frente a sus propios exilios. Y lo digo en plural, porque queremos hablar de lo trágico del cristiano cuando afronta su exilio interior, su drama interior sin testigos, y cuando debe encarar el exilio exterior que le viene de fuera de sí mismo, de las circunstancias de su propia existencia intrahistórica. No me refiero a una crisis de pequeño formato sino a esos momentos esenciales, en el recorrido existencial de una vida, que quiere ser vivida de cara a la cruz del Señor, o dicho de otro modo: una crisis de gran formato que marca y transfigura, o destruye y envenena la existencia histórica del ser humano. El exilio es una categoría existencial, no se queda en la anécdota, necesita los grandes símbolos para ser explicado: es el ángel del exilio, que no es otro que el ángel del cáliz y el ángel de Jacob y, además, muchas veces toma rostro de ángel de Satanás (2Co 12, 1-11). De la anécdota a la categoría a través del ángel, ésa es la línea que atraviesa toda la estética de E. D´ors. A ese clavo quiero agarrarme ahora.

Viene de lejos ya, el que a mí me interese sobremanera la metafísica estética y la razón estética de María Zambrano, ella me despertó a la aurora, ¡tenía que ser una mujer la que me pariese a mí a la metafísica auroral! Ella me enseñó la poesía como reconciliación y palabra de eternidad, y me ayudó a creer en su fuerte poder de sanación interior, “cuando no hay ninguna luz del cielo que riegue lo árido, sino razón seca y avellanada, como tampoco la zéia manía de los poetas, ese estar-lleno-de-Dios como lo vino a definir Pieper”[5].

Nos puede ayudar sobremanera reflexionar sobre esta verdad de lo trágico de lo humano[6], la mano de la gran filosofa[7] española María Zambrano (1904-1991). Al fin y al cabo, los grandes textos literarios, y cómo no, también los bíblicos, no permanecen mudos, sino que siguen hablando a lo largo de los siglos, cuando el lector de cada tiempo con audacia los interroga, e incluso adquiere sobre ellos su propia paternidad literaria[8]. Cuanto más audaz y arriesgada es la pregunta que le hace el lector al texto, y a las grandes verdades del misterio humano, más audaces son las respuestas que el mismo texto provoca. En esta cadena de audaces y luminosos interrogadores ponemos a la Zambrano[9], y a su abrigo descansamos y pensamos. “Si Mª Zambrano se hubiera callado. Algo profundo y esencial habría faltado, quizás para siempre, a la palabra española”[10].
 
 4.1. Un sistema de esperanzas

Parto de la descripción que hace Cioran[11] de nuestra pensadora. Ahí podemos contemplar algunas claves para entender su originalidad. Resalta, en primer lugar que la autora ha sabido instalarse en la palabra liberada del lenguaje, ha trascendido el Logos, va más allá de lo dicho: Maria Zambrano no ha vendido el alma a la idea, ha salvaguardado su esencia única poniendo la experiencia del Indisoluble más allá de la reflexión sobre el mismo, en suma ha sobrepasado la filosofía... Es verdad a sus ojos sólo lo que precede o sigue a lo dicho, solo el verbo arrancado de las ramas de la expresión,como dice ella magníficamente:la palabra liberada del lenguaje.

Cioran la ve como una mujer de reconciliación, muy generosa, que absuelve los límites de lo humano, entrañablemente comprensiva, una maestra de la vida:

“¿Quién, anticipando nuestra inquietud, nuestra búsqueda, tiene como ella el don de dejar caer el vocablo imprevisible y decisivo, la respuesta de los desarrollos sutiles? Por esto desearíais consultarla cuando cambia radicalmente la vida, en el umbral de una conversión, de una ruptura, de una traición, en la hora de las confidencias últimas, penosas y comprometidas, para que os revele y os explique a vosotros mismos, para que os dispense una especie de absolución especulativa, y os reconcilie tanto con vuestras impurezas como con vuestros impasse y vuestros estupores”.

Zambrano es alumna de Ortega y Gasset y de X. Zubiri, pero supera a sus maestros y va más lejos que ellos. Para Zubiri, la autentica apertura a la realidad comporta necesariamente la confrontación con aquello que es el vinculo ontológico fundamental de la existencia humana: el ligamen con Dios. El problema de Dios debe ser puesto, por tanto, a un nivel radical, en cuanto no se configura como cualquier problema científico o vital, sino que es una cuestión que afecta al hombre por el solo hecho de que se encuentra colocado en la existencia[12].

Descubrir nuevamente esta radicalidad aparece hoy extremamente necesario para el hombre occidental, que, según Zubiri, ha llegado a la situación de un laicismo[13] caracterizado “no tanto de una idea de Dios positiva (teista) o negativa (ateista) o agnóstica, sino de una actitud más radical: negar que exista un verdadero problema sobre Dios”[14].

Mª Zambrano acoge de lleno esta temática, haciendo de ella el centro de su especulación, pero confiriéndole una connotación especial, debido a la estrecha conexión que ella realiza entre religión y cultura y, como consecuencia, entre cultura y esperanza. Para la pensadora de hecho, “La cultura no es otra cosa sino un sistema de esperanzas”[15], ya que la esperanza es la tonalidad dominante de la existencia humana. El hombre, jamás nacido del todo, durante toda su vida anhela una suerte de regeneración, o un nuevo nacimiento más completo, y es este anhelo el que da lugar a la esperanza[16].

Pero la estética[17] de la esperanza, en Zambrano, está llena de realismo. Evita el personaje y la máscara, la huida en falso del propio destino. Va más allá que Ortega, ahonda más, humaniza la circunstancia del hombre y se abraza a ella. Lo refleja muy bien en la concepción de la libertad del alma española:

“Yo y mi circunstancia. Esa cárcel y estos hierros. Pero quien así se queja no pretendió jamás evadirse. Quizás sea esta la manera de llegar a la libertad del alma española: la reabsorción de la circunstancia, la vivificación de la circunstancia, el abrazarse a lo que nos limita sujetándose libremente a lo que encadena; encontrar la libertad en la lucha y jamás en la evasión. El español prefiere hundir las raíces en la tierra a ensayar alas para un vuelo fugaz”[18].

Éste es el hombre de María Zambrano, el que no huye nunca de la quema, sino que coge el cubo y va a apagar el fuego aunque se queme, alguien que no sabe huir ante la realidad, alguien esencialmente valiente para mirar su crisis y sus límites cara a cara, aunque no nos guste y su rostro sea, a veces, horrible. Aplicado a nuestro contexto ministerial, bien podríamos decir que el ministerio en la cruz y en la crisis encuentra su luz abrazándose a la lucha, jamás a la evasión. Nombrando lo que le pasa sin huidas falsas, y descubriéndolo como gracia, el ministerio en la cruz se reconcilia consigo y con su Señor crucificado. En definitiva, es el hombre que prefiere “hundir las raíces en la tierra a ensayar alas para un vuelo fugaz”. Puesto que ensayar alas para huir de la cruz, no es más que perderse el sentido más profundo de la existencia ministerial, y la fuerza vivificadora de la reconciliación más íntima y de la propia libertad interior. No se puede tener miedo a la cruz y ser feliz en esta vida.
 
4.2.  Persona, personaje y máscara

El liberalismo toma del cristianismo “la exaltación de la persona humana al más alto rango entre todo lo valioso del mundo”, olvidando que la confianza cristiana en el hombre se fundamenta “no en todo lo del hombre, sino en aquél punto por el cual es imagen de alguien que al mismo tiempo que le ampara le limita”[19].

Parecería que el hombre quisiera hacer de todo de nuevo habiendo perdido el sentido de su acción que así resulta desastrosa, inéditamente desastrosa, por la ilimitada capacidad que descubre en sí mismo. Cuando esa capacidad no está orientada hacia su propia humanización, degenera en un intento de endiosamiento imposible que acaba convirtiéndolo en ídolo, ya que no puede ser Dios; y como todo ídolo, dios falso, necesita de víctimas para continuar existiendo[20]. Por todo esto, la historia se vuelve según Zambrano “cada vez más sacrificial”.

La persona es absoluta para el hombre, pero no basta ser persona, sino que hay que saberlo y querer serlo,

“...pues se trata de una realidad tal que necesita ser pensada y querida, sostenida por la voluntad para lograrse. Para ser persona hay que querer serlo, si no se es solamente en potencia, en posibilidad. Y al querer serlo se descubre que es necesario un continuo ejercicio, un entrenamiento”[21].

Cuando la persona no quiere serlo, no quiere entrar en el fondo de su mismidad, realiza una salida en falso hacia el paisaje que le dibuja su propia imaginación y su propio adanismo que le convierte en un personaje de cartón; y a la postre, se inventa a si mismo, huye del diálogo sereno con su propia realidad y sus específicos límites, le da miedo ponerle nombre y apellidos a su crisis interior, y comienza la danza de una existencia sin dignidad con el baile de sus mascaras. Muchos textos tiene Zambrano sobre esta comedia humana, baste entre ellos:

“Cuando el sujeto se embebe en ese yo, cuando se deja embeber por él, se hace personaje, deja de ser persona y entra a representar todo aquello que su yo le impone. El sujeto se inventa a sí mismo, inventa una máscara, un tipo, un personaje[22].

Más cercano en el tiempo, en un trabajo muy significativo sobre el fundamento de la vida eclesial, J. Zizoulas[23] ha insistido en la misma idea, y ha mostrado que, en sentido cristiano, el hombre solamente llega a ser persona plenamente por la gracia: por sí mismo es “personaje” que busca su verdad sin encontrarla, está perdido entre papeles, leyes, normas y poderes de la muerte que terminan destruyéndole por dentro; sólo en Cristo, al integrarse en el misterio trinitario llega a ser persona, encontrándose a sí mismo como ser definitivo en relación a Dios y hacia los otros.

Solamente cuando el hombre es capaz de hacer de sí mismo una ofrenda a su propia destino, soñándose en sintonía con él, actualizando obediencialmente su sueño, podría decirse, es capaz de rescatar su persona del inherente personaje que implica vivir en sociedad, es decir, de rescatarse de sus máscaras sucesivas. La ofrenda a su propio destino supone aceptarlo y quererlo, tener reaños para entrar en el fondo más profundo de su ser y desentrañarse a sí mismo “ahondándose sin ensimismamiento”[24]. Gran parte de la salud de lo humano depende de aprender a quererse y a respetar la propia historia, simplemente por una razón: porque es la mía. Y el respeto a uno mismo supone apostar por negarse rotundamente al baile de las máscaras y estrenar, diría yo, cada día la danza de la gracia que conforma su propia entraña. La guerra continua con las propias entrañas, supone un derroche de energía que termina, a la postre, en la patología. No está mal tener una espina en la carne y un ángel de Satanás, lo que está muy mal es no saber como se llaman, no querer ponerle nombre y apellidos, enmascararlos. ¡Cuántas crisis en el ministerio se ha resuelto bajo el patrocinio de la máscara!, es decir, no se han resuelto y se han envenenado.

Este rescatarse va reduciendo la sombra que encuentra en él mismo[25]. Así consigue una progresiva transparencia que se traduce en el rostro, totalmente opuesto al hermetismo de la máscara. Expresividad propia del hombre bueno: Alonso Quijano como personaje literario, Nina, el personaje de Misericordia de Pérez Galdós, Antonio Machado etc. Aquellos que por el sacrificio rescataron su persona de la máscara y que con su vida abrieron un camino en el curso de la humanidad. Gracias a ello llegaron a ese conocimiento al que solo se llega por amor, cuyo núcleo es el propio nombre, conocer con exactitud el nombre y apellidos de lo que me pasa, diría yo.

Conocer el propio nombre es una nota que, como en sordina, acompaña todas las reflexiones de Zambrano sobre la persona[26], y la verdad y el orden de las cosas que nosotros no ponemos:

“Comienza nuestra generación en una época –agotado ya el tema idealista- de nueva confianza en la estructura, en el sentido del mundo; éste nos aparece con una significación; las cosas todas tienen un orden que nosotros no ponemos, y que por lo mismo hemos de esforzarnos en descubrir, y conociéndole, acordar con él nuestras vidas”[27]
 

4.3. La aceptación del propio destino:

el cáliz que hay que beber


 
El diálogo interior con el propio misterio humano desconcierta y hace crecer sin ambages. Cuando el hombre se toma las medidas sin disfraces se recompone desde lo más íntimo, aprende una lengua nueva que se conjuga en su propia historicidad como humano, y, entonces, solo entonces, se articula la sintaxis de la propia existencia con equilibrio, cada sintagma existencial se coloca en su sitio, y es capaz de aceptar, e incluso querer, su propio destino como un misterio. Zambrano lo dice mejor:

“Cuanto más profundo es el destino que pesa sobre una vida humana, la conciencia lo encuentra más indescifrable y ha de aceptarlo como un misterio. El conocimiento del destino adviene después de que se consumó. Entonces, desatado el nudo terrible por el padecer, salta de pronto el sentido íntimo; se hace visible, se ha transformado en conciencia. Mas quien lo condujo por su vida hasta la conciencia, lo apuró en el padecer oscuro, atravesado, eso sí, por presentimientos. El destino jamás se hace visible del todo para quien lo padece. Es el ángel con quien Jacob lucha toda la noche y que solo consiente ser visto a la madrugada”[28].

Resulta impresionante la dialéctica que establece la Zambrano entre los dos ángeles, el ángel de Jacob y el ángel del huerto de los olivos. Cierto es que Gauguin no había leído a nuestra pensadora, pero me impresionó con creces el ver dos cuadros con esta temática en la exposición antológica del Thyssen del 2004: El ángel de Jacob y la Oración el huerto de los olivos. Incluso la mascota de la exposición Después del sermón[29] era la pelea de Jacob con el ángel. Este cuadro de colores planos, típicos del sintetismo, representa a un grupo de mujeres bretonas que, tras escuchar la predicación del cura, asisten en el prado a una aparición: el combate bíblico de Jacob con el ángel; unas lo contemplan absortas, mientras otras rezan con los ojos cerrados. Ello indica la eterna validez del lenguaje estético para contar las grandes parábolas de la humanidad y para interpretar, desde la belleza, los grandes textos bíblicos sobre el sufrimiento y la eterna pelea del hombre con Dios.

Ambos cuadros, juegan con exquisita validez con el color rojo. La cabeza del Cristo de los olivos es roja, parece que está ardiendo de dolor, parece el grito eterno de la humanidad dolorida. Con el mismo juego estético, la pelea del ángel con Jacob está sumergida en un rojo intenso, haciendo de la cartografía de la sangre como un ruedo eterno donde cada uno juega a hundir en la arena la espalda del contrario. Y es que, solo se le toman las medidas a Dios cuando se pelea con él, solo entonces Dios se hace más grande, más Dios, y queda en el alma la frescura y la certeza de que el hombre siempre pierde en esta pelea; Dios siempre gana, y ganando él también gana el hombre recolocado en su puesto de criatura frente a su Creador. En ambos cuadros hay una provocación y un metalenguaje que va más allá de lo dicho: el misterio humano del dolor.

El propio asunto bíblico del cuadro, la lucha de Jacob y el ángel, y sus posibilidades simbólicas, parece que las encontró Gauguin en Víctor Hugo. Él estaba leyendo los Miserables en julio de 1888, precisamente el año que pintó Después del sermón, y en esa novela el combate de Jacob aparecía como metáfora de la lucha interior con la propia conciencia[30]. Después de una larga búsqueda, toda una aventura que al final me llena de satisfacción, creo haber encontrado el texto de Víctor Hugo[31] que influyó en Gauguin:

“¡Jacob no luchó con el ángel más que una noche! ¡Ay! ¡Cuántas veces hemos visto a Juan Valjean luchando en medio de las tinieblas a brazo partido con su conciencia! ¡Combate inaudito!

En ciertos instantes el pie se desliza, en otros se hunde ¡Cuántas veces la conciencia, precipitándole hacia el bien, le había comprimido y abrumado!

¡Cuántas veces la verdad inexorable le había hincado la rodilla en el pecho! ¡Cuántas veces, derribado a impulso de la luz, había implorado de ella el perdón!

¡Cuántas veces aquella luz implacable, encendida en él y sobre él por el obispo, le había deslumbrado, mientras deseaba ser ciego!

¡Cuántas veces, en lo más crudo de la lucha, se había vuelto a levantar, asiéndose de la roca, apoyándose en el sofisma, arrastrándose por el polvo, ya señor, ya esclavo de esa conciencia!

¡Cuántas veces, después de un equívoco, después de un razonamiento traidor y especioso del egoísmo, había oído a la conciencia gritarle: ¡Zancadilla! ¡Miserable!

¡Cuántas veces su pensamiento refractario se había agitado convulsivamente bajo la evidencia del deber!

Resistencia a Dios. Sudores fúnebres. ¡Qué de heridas secretas, que él sólo veía destilar sangre! ¡Qué de llagas en su lamentable existencia!

¡Cuántas veces se había erguido sangriento, magullado, destrozado, iluminado, con desesperación en el corazón, y la serenidad en el alma! Vencido, se sentía vencedor.

La conciencia, después de haberle atormentado, formidable, luminosa, tranquila, le decía:

¡Ahora, vete en paz! Pero, ¡ay! ¡Qué lúgubre paz, después de una lucha tan sombría! La conciencia es, pues, infatigable e invencible.”

Después de leer este texto de Víctor Hugo, que sitúa la pelea con el ángel en el interior de la propia conciencia, viene a mi memoria y comparto con el lector aquel texto venerable de Lutero[32]: “La sangre de Cristo crea buena conciencia. Lo cual no ocurre sino mediante una conciencia cierta de la remisión de los pecados. Donde no está presente (esta conciencia) allí la conciencia está inquieta...”; “inquieta” en este contexto significa que la conciencia es en sí mismo una conciencia mala, que ella se deja aterrorizar de la ley, y que resulta, a su vez, aterrorizante. El evangelio pone fin a esta conciencia, libera de la conciencia aterrorizada y aterrorizante y por tanto simplemente de la conciencia. La libertad de la conciencia viene llamada por Lutero la conciencia evangélica. Es necesario contestar a la conciencia hasta tacharla de falsedad: “Tú mientes, Cristo tiene razón, no tú”, ya que “Dios ha dejado morir a su propio Hijo para que tuviésemos una buena conciencia”[33].

Que perdone el lector este neófito ensayo de hermenéutica estética de dos textos venerables y sagrados, a los que el hombre en crisis acude a beber con frecuencia para encontrar el sentido de su aturdimiento en el sufrir, y para ponerle nombre a lo que le pasa. Zambrano lo dice mejor:

“El absoluto se presenta a veces en forma de ángel, pero lo que suele ofrecer el ángel es un cáliz que hay que beber. Como la flor, cáliz del rocío mañanero refresca, y también puede envenenar. Cuando el absoluto – intangible e inasequible para el hombre- , el santo sin sombra, sin mezcla, dice de sí mismo ‘soy el camino, la verdad y la vida’, cuando el absoluto desciende a ser el camino de la verdad inasequible para el hombre y de la vida verdadera, para el hombre el camino es trascenderse a sí mismo. Y así viene a recordar su nacimiento, su relatividad; y eso que el tal ser humano está siempre a punto, cuando se trasciende, de aplastar cualquier conato de ser; pues que el hombre, más que un ser entero y verdadero, es un conato de ser, y no tiene que enseñorearse”[34].

El trascenderse de la Zambrano libra al hombre del envenenamiento ante la crisis, por el contrario la trascendencia le refresca si bebe el cáliz que le ofrece el ángel. El huerto de los olivos es para ella la clave de bóveda de la construcción de un ser auténticamente humano que no huye de sí mismo, sino que se acepta y se ama en soledad[35]. De cómo vivir esta soledad levanta acta nuestra filosofa:

“En la Pasión divina hay un instante supremo en que parece que se detiene para decidirse, suspendida sobre el abismo infinito. Jesús está solo ante su destino; en soledad completa ante él. Un ángel le alarga el cáliz de su inajenable padecer. Misterio en que lo humano obtiene su liberación suprema de la tragedia de ser sombra del semejante. El ángel se aparece siempre a los que logran la soledad; ¡es la imagen sagrada de la soledad! Y el hombre que lo haya sentido cerca, aún sin verlo, estará libre para siempre del acecho de la envidia; del torcido ensimismamiento, donde la mirada se desvía ante el equívoco espejo.

Pasión incompleta la del hombre que no haya vivido su hora a la manera humana, lejos de todo y sin sombra. Entonces nace a la soledad, algo ya imperecedero. Pues no se verá en el semejante, ni tendrá nada de él. Pero también cabe desdecirse en el Huerto de los olivos, desviviendo el destino, arrepintiéndose de la Pasión”[36].

Cuando el hombre da cabida a este desdecirse en el Huerto de los olivos, desviviendo el destino, se inventa sus personajes. Es el momento de la huida radical de la propia finitud que se convierte en un desvivirse sin sentido de la propia totalidad. Entonces la personalidad se fragmenta, rompe su unidad interior, y comienza el juego de las propias mascaras, que terminan por arruinar la verdad y la energía de la propia mismidad y de su singular historia personal. ¡Cuántos santos se perdieron en la historia por huir de su propio huerto de los olivos y de su singular cáliz existencial, arrimando sus propios legamos a la fantasía de su imaginación dolorida y fragmentada!

Bien es verdad que el hombre necesita mirarse para entenderse, porque toda vida está necesitada de visión, ya que la vida como instinto es ciega. El hombre necesita para mirarse el espejo vivo que son los otros, sus semejantes. En este mirarse, dice la autora, inevitablemente se pondrán de relieve aquellas carencias propias que se detectan, por estar presentes en el otro no como carencias propias sino como cualidades positivas[37].

Antes de seguir adelante, notemos que también la pintura moderna tiene su símbolo estético del ángel de Satanás de 2Co 12,1-10[38] en el Caballo herido de Picasso. Me gusta mirar "El caballo corneado" de Picasso; en cuanto lo vi, en Barcelona, lo compré para ponerlo en mi habitación en Roma. Me parece todo un símbolo del hombre eterno, del hombre sufriente, del hombre sarkóforo, del hombre en crisis. Si no fuese blasfemia diría, que es como una crucifixión laica, o mejor, como la crucifixión antropológica. Lo que más me gusta es el cuello, largo, largo..., tirando hacia el cielo como una lanza o como un ciprés despierto... y ¡ese cuerno!.., que tiene nombre de "ángel de Satanás", de "aguijón de la carne". Ese cuerno negro que le saca las tripas al hombre. Donde Pablo dijo "...que me abofetea", Picasso dijo "...que me saca las tripas"[39]. Dos versiones de la fragilidad de lo humano, la una cristiana, la otra laica; la plasticidad de ésta desenmascara la verdad de aquella; las dos -una literaria, la otra plástica-, con una pasión: un cuello que se resiste a caer, que se estira más todavía, una garganta que quiere tocar el cielo y se hace su vereda para sorber la voz amiga que le grita: "¡Te basta mi gracia!"[40].
 
4.4. La esperanza en la agonía de Europa

La estética de la esperanza está presente en muchas de las obras de Mª Zambrano, pero destaca entre ellas La agonía de Europa[41], donde reflexiona con avidez sobre la esperanza antigua y la esperanza cristiana.

Para un cristiano que tiene que afrontar su propia tragedia existencial sin fragmentarse, que necesita ahondar en el sentido del cáliz peculiar de su historicidad, e incluso contemplar que han demolido su propia vida y debe aprender a vivir con sus añicos, -para María ruinas[42]-, las ideas de Zambrano sobre la esperanza pueden transfigurar la propia existencia con un cambio de códice mucho más luminoso.

Zambrano parte de la necesidad que tiene el hombre de nacer de nuevo y de ser regenerado:

“El hombre es una bien extraña criatura, que no se contenta de nacer una sola vez, sino que tiene necesidad de ser nuevamente generada. Lo que se llama espíritu puede ser muy bien esta necesidad y potencia de regeneración que el hombre siente, a diferencia de las otras criaturas a las cuales les basta nacer una sola vez”.

Pasa, después, a relacionar esperanza y culturas[43] con el nuevo nacimiento:

“Toda cultura es pues consecuencia de la necesidad que sentimos de nacer nuevamente. Por esto la esperanza es el fondo último de la vida humana, aquel que reclama y exige el nuevo nacimiento, su instrumento, su vehículo. Por esto el ser humano no reposa; porque todas las veces que en sucesivas culturas ha vuelto a nacer, no ha podido obtener el nacimiento definitivo, ya que en ninguna de ellas ha encontrado, ni puede quizás encontrar, aquel essere entero y completo tras del cual va en su búsqueda”[44].

Profundizando en S. Agustín a quien considera fundador de Europa, y desarrollando el ordo amoris como clave de esperanza, Zambrano parte de la trascendencia, de lo sobrenatural, de la fe, para nombrar la esperanza de los hombres y para hacerlos vivir en la ciudad de Dios con el amor; por ello no duda en presentarse ella misma como fundadora y profeta de una Europa auténticamente cristiana.

Asumiendo la culpa colectiva del hombre europeo que había llegado a negar a Dios para afirmarse a si mismo, nuestra autora escribe una confesión análoga a la agustiniana. La salvación de Europa no es posible sin la conversión del hombre occidental. Hay que crear una fe que dé a la esperanza una nueva dirección. De ello depende la posibilidad de crear una nueva cultura para una Europa en decadencia[45].

Para Zambrano la esperanza de Europa ya no podía residir en la razón claramente en crisis, sino en un humanismo cristiano de signo agustiniano. Contraponiéndose a Nietzche, piensa que es necesario Dios para que siga existiendo el hombre, pues en la dialéctica Dios – hombre se encuentra el fundamento verdadero de la historia. Así pues, confiesa:

“Europa no ha muerto. Europa no puede morir del todo; agoniza; porque Europa es tal vez lo único en la historia que no puede morir del todo; lo único que puede resucitar, y este principio de resurrección será el mismo que el de su vida y el de su transitoria muerte”[46].

La verdadera historia no es la de los hechos acontecidos, sino la historia humana de esperanzas y desesperanzas, un camino de desdicha entre una salida y un arribo.

La historia de Europa ha sido la lucha cuerpo a cuerpo entre Dios y el hombre, la pelea eterna de Jacob con el ángel. Solo así se explican los ateísmos europeos. Buen ejemplo es la exigencia del humanismo europeo de la represión de Dios para autoafirmarse. En esa lucha con Dios, el espíritu del europeo ha caído en el vacío de la nada. Pero la negación de Dios conlleva la negación de la cultura, la destrucción de las formas humanas y el retorno de las máscaras, la aparición de los elementos y la vuelta al hermetismo de lo sagrado[47].

“En su soberbia, la cultura europea ha olvidado lo que le debía y ha olvidado también este cuidado del corazón, y así se le ha ido cerrando y se ha vuelto a la situación del Antiguo Imperio Romano, en que el hombre, desalmado bajo la razón y bajo el poder, sentía la existencia como una pesadilla”[48].

Notemos toda la fuerza que tiene en castellano el adjetivo desalmado; indica quedarse sin alma, quedarse sin madre, vivir sin raíces, por eso, a veces, es sustituido por desmadrado o desmadrarse. Si el hombre olvida el corazón se desmadra, se desalma, se queda sin alma. Y esto sucede cuando el ser humano endiosa a la razón o al poder, y los convierte en sus ídolos, y así los ídolos, que necesitan sacrificios, le robarán el alma y le pondrán su máscara; y, a la postre, de esta dinámica, la existencia se convierte en pesadilla.

Para Zambrano, la esperanza finaliza a lo humano en un hacerse a si mismo que nunca está acabado, en una continua regeneración. La esperanza creadora, la esperanza reveladora, la esperanza que crece en el desierto, la esperanza liberada de la infinitud sin término, que abraza y atraviesa la entera extensión temporal, la esperanza sacrificial[49]. En definitiva, la esperanza que realiza el milagro de que el hombre pueda desgranar la vida de cada día con la dignidad de un príncipe que retorna del exilio[50].

 





[1]  Se puede ver una reflexión más amplia en nuestro estudio: A. Moreno García, Pródigo de la Palabra, Ed. Indugrafic, Badajoz 2008, 14-15

[2]  Si el lector quiere un texto más amplio con el contexto de los catálogos de las pruebas, puede ver nuestro estudio: A. Moreno García, “El cristiano ante la crisis y la estética del exilio en María Zambrano (Act 20, 17-38 y 2Co 12, 1-10)”, Compostellanum 51 (2006) 181-211.
[3]  Agradezco entrañablemente a mis alumnos del Seminario Metropolitano de Mérida – Badajoz su participación en el Seminario Biblia y Estética, en el curso 2005-2006. Sin saberlo, ellos me ayudaron con su interés intelectual de neófitos a profundizar y ordenar estas ideas -si es que cabe el orden aquí- con ordo rerum.
[4]  Recordamos la tradición oriental que ve siempre al cristiano como un iluminado por el Espíritu. De ahí que ellos mismos, en su liturgia, que a la postre es siempre su dogma hecho plegaria, nombren al bautismo como iluminación (fotismós).
[5]  F. TORRES ANTOÑANZAS, Don Quijote y el absoluto. Algunos aspectos teológicos de la obra de Cervantes, Ed. Univ. Pont., Salamanca 1998, 196.
[6]  Mª. ZAMBRANO, Pensamiento y poesía en la vida española, Ed. Endimión, Madrid 1996, 120: “Estoicismo y cristianismo se disputan el alma del español, su pensamiento. En este drama, que es el verdadero drama de España, no podemos entrar ahora. Quizá nos abrasaríamos”.
[7]  Cfr. El original libro de N. FISCHER, La pregunta filosófica por Dios, Ed. Edicep, Valencia 2000, sobre todo el cap. “Relación tensa entre el llamado ‘Dios de los filósofos’ y el Dios viviente de la fe”, 269-322.
[8]  Recordemos la conocida y citada idea de Gadamer: “Los textos pierden la paternidad del autor para adquirir la paternidad del lector”.
[9]  Además de las obras de la autora que citaremos a continuación, tenemos delante: A. BUNDGAARD, Más allá de la filosofía. Sobre el pensamiento filosófico – místico de Maria Zambrano, Ed. Trotta, Madrid 2000; Mª T. RUSSO, Maria Zambrano: La filosofia  come nostalgia e speranza, Ed. L. Da Vinci, Roma 2001; J. J. GARCÍA, Persona y contexto socio – histórico en Maria Zambrano, Ed. Cuad. Pens. Esp, Pamplona 2005; A. SAVIGNANO, María Zambrano, la ragione poetica, Ed. Marietti, Génova – Milano 2004; A. Mª. PEZZELLA, Maria Zambrano, per un sapere poetico della vita, Ed Messagero, Padova 2004; R. PREZZO, (Ed.), Verso un sapere dell anima, Ed. R. Cortina, Milano 1966; J. MORENO SANZ, María Zambrano. La razón en la sombra, Ed. Siruela, Madrid 1993; J. F. ORTEGA MUÑOZ, “Fe y razón. Historia de un encuentro anunciado”, Epimeleia 8 (1999)167-202, y “Reflexión y revelación: los dos elementos del discurrir filosófico en Maria Zambrano”, Epimeleia 4 (1995) 12s.
[10]  J. L. ARANGUREN, “Los sueños de María Zambrano”, Revista de Occidente, Madrid 1966, 212.
[11]  E. M. CIORÁN, Esercizi di ammirazione, Ed. Adelphi, Milano 1988, 177-178.
[12]  X. ZUBIRI, Naturaleza, Historia, Dios, Madrid 1974,  240.
[13]  Cfr. R. M. CRISHOLM, Persons and Object, Illinois 1979, 159-175.
[14]  X. ZUBIRI, El hombre y Dios, Madrid 1984, 12.
[15]  Mª. ZAMBRANO, La agonía de Europa, Madrid 1988, 45-46.
[16]  Mª. T. RUSSO, Maria Zambrano: La filosofia  come nostalgia e speranza, Ed. L. Da Vinci, Roma 2001, 19-20.
[17]  Para reflexionar sobre el camino estético en los últimos años se puede ver el reciente y precioso estudio en colaboración, editado por J. INSON, (Ed.) The Oxford handbook of Aesthetics, Ed. Oxford Un. Press, Oxford NY 2005. Cfr. R. UTON, The Aesthetic Understanding. Essays in the Philosophy of Art and Culture, LondonNew YorkMethuen 1998.
[18]  Mª. ZAMBRANO, “Señal de vida. Obras de Ortega y Gasset (1914-1932)”, Rev. Occidente 24-25 (1983),. 277.
[19]  Mª. ZAMBRANO, Mª.,  La agonía de Europa, Madrid 1988, 45-65.
[20]  Seguimos de cerca al profesor argentino J. J. GARCÍA, Persona y contexto socio – histórico en Maria Zambrano, Ed. Cuad. Pens. Esp, Pamplona 2005, 56-58.
[21]  Mª. ZAMBRANO,  Persona y Democracia,  152.
[22]  Mª. ZAMBRANO, Notas de un método, Ed. Mondadori, Madrid 1989, 61.
[23]  J. ZIZOULAS, “Du personage à la persone”, en L´être eclesial, Ed. Labor et Fides, Genève 1981,. 45-48.
[24]  Mª. ZAMBRANO, Claros del bosque, Ed. S. Barral, Barcelona 1993, 93.
[25]  Sigo al profesor argentino J. J. GARCÍA, Persona y contexto socio – histórico en Maria Zambrano, Ed. Cuad. Pens. Esp, Pamplona 2005, 85
[26]  Mª. ZAMBRANO, España, sueño y verdad, Ed Siruela, Madrid 1994, 144s.
[27]  Mª. ZAMBRANO, “Nosotros creemos”, El Liberal, Madrid 28 de junio de 1928,  3.
[28]  Mª. ZAMBRANO, “Eloisa o la existencia de la mujer”, Sur, XIV, Buenos Aires 1945,  41. La cursiva es nuestra, no pertenece al original,
[29]  National Gallery of Scotland de Edimburgo (1888). Gauguin siempre vio su cuadro como una mistificación, como un icono religioso ante el que se podía rezar y pensar. Intentó donar su cuadro a la iglesia de Pont-Aven y no se la aceptaron, y, al verlo rechazado, volvió a intentar la donación a la Iglesia de Nizón con un nuevo fracaso.
[30]  G. SOLANA, “El despertar del Fauno. Gauguin y el retorno de lo pastoral”, en Gauguin y los orígenes del simbolismo, Museo Thyssen – Bornemistza, Madrid 2004, 15-63.
[31]  VICTOR HUGO, Los miserables, T. II, Ed. Circulo de lectores, Barcelona 1967, 1206- 1207.
[32]  M. LUTERO, De votis monasticis 1521, WA 8, 606. Cit, por JÜNGEL, E., Il vangelo de la giustificazione come centro della fede cristiana. Uno studio teologico in prospettiva ecumenica, Brescia 2000, 229.
[33]  M. LUTERO, WA. TR. 1, 402, 174. (Ut haberemus bonam conscientiam). El original alemán rörer = tranquila.
[34]  Mª. ZAMBRANO, Notas de un método, Ed. Mondadori, Madrid 1989, 78. Cfr. M. BENITO, “La recuperación de la belleza. Presencia del materialismo en los estudios de Historia del Arte”, Communio 26 (2004) 62-71
[35]  Son muy abundantes las citas de nuestra pensadora sobre la soledad. Esa soledad fecunda donde el hombre se recompone y se encuentra a si mismo, aceptando su propio destino. Sin soledad, sin encuentro íntimo con el fondo del alma, al hombre se le escapan las bridas del sentido de su propio camino en la historia. El paradigma de la soledad, para nuestra autora, es el Huerto de los olivos
[36]   Mª. ZAMBRANO,  El hombre y lo divino, Ed. Siruela, Madrid 1992, 272.
[37]  Aquí surge la envidia, que siempre aparece como enfermedad sagrada en aquellos que se niegan a beber el cáliz del propio destino, y que sólo puede conjurarse cuando se acepta la propia singularidad, signada en lo más profundo por el propio destino: J. J. GARCÍA, Persona y contexto socio – histórico en Maria Zambrano, Ed. Cuad. Pens. Esp, Pamplona 2005, 72.
 
[38]   J. LAMBRECHT,  Second Corinthians, Sacra Pagina 8, Minnesota 1999, 199-210. Cfr. P. M. BEAUDE, “Le ‘je’ comme figure du discours. Une antropologie du sujet paulinien”, Semiot Bibl 118 (2005) 42-55.
[39]  El interesado en la estética, puede ver variaciones a color del caballo corneado de Picasso, realizadas por el pintor extremeño Paco Sánchez en nuestro estudio: A. MORENO GARCÍA Minotauro de encina. Una gramática de antropología estética, Ed. Indugrafic, Roma – Badajoz 2005.
[40]  A. MORENO GARCÍA, “Boletín bibliográfico de Eclesiología, Patrología y Estética”, Pax & Emerita 1 (2005) pp. 531-555.
[41]  Mª. ZAMBRANO, La agonía de Europa, Ed. Mondadori, Madrid 1988, 45-65. Existen dos traducciones italianas de este texto: C. RAZZA, L´agonia dell´Europa, Ed. Marsilio, Venecia 1999 y Mª. T. RUSSO, “La speranza europea”, en Maria Zambrano: La filosofia  come nostalgia e speranza, Ed. L. Da Vinci, Roma 2001, 35-48.
[42]  Muchas son las páginas que ha dedicado la pensadora a reflexionar sobre las ruinas y sobre su significado cultural para la historia de los pueblos y de las personas. Las ruinas son memoria viva de un pasado mejor que ya no existe, pero que sigue pidiendo su voz propia en el corifeo del pensamiento.
[43]  Para profundizar la esperanza en la cultura profética, se puede ver el estudio reciente de J. Mª. ÁBREGO, “La esperanza mesiánica en los libros proféticos: evolución y desarrollo”, Est. Bibl. 62 (2004)  411-433.
[44]  Mª. T. RUSSO, op. Cit.  35.
[45]  Sigo de cerca ahora a BUNDGAARD, op. cit.  257.
[46]  Mª. ZAMBRANO, La agonía de Europa, Ed. Mondadori, Madrid 1988, 26.
[47]  BUNDGAARD, op. cit.
[48]  Mª. ZAMBRANO,  La agonía de Europa... 59.
[49]  Este despliegue zambraniano de locuciones se puede ver en Mª. ZAMBRANO, Los Bienaventurados, Ed. Siruela, Madrid 1990, 118s. Cfr. A. Mª. PEZZELLA, Maria Zambrano, per un sapere poetico della vita, Ed Messagero, Padova 2004, 87-91.
[50]  Pocas categorías tienen en la Biblia tanto peso específico como el exilio. La experiencia del Éxodo para Israel fue el lugar preferente del encuentro con la gloria de la Sekiná. La experiencia del exilio en Babilonia, le llevó a releer y rescribir toda la historia de la salvación;  le llevo, sobre todo, a resituarse frente a su Dios.